
I. El recibimiento
Llegué a Ciudad de Guatemala a las 11 de la mañana. Tenía más de seis horas libres antes de volar rumbo a Petén. Podía quedarme en el aeropuerto y aburrirme, o ir a comer y fisgonear a Sophos, una de las librerías y bistró más importantes del país. Por supuesto, le hice caso a mi pancita. No me importó llevar mi maleta a cuestas, valía la pena ahorrarme unas horas de glamour y saltarme algunas reglas de etiqueta por pasear un poco y comer rico. Lo que no me imaginé fue que conocería a Enrique Cay, con el que pasé casi dos horas echando chismecito en su galería estudio, sin saber que -además de ser un hombre muy generoso y divertido, salpicado de pintura- es un famoso artista plástico. Aunque intuí la importancia del personaje, no dimensioné su tamaño hasta muchos días después, cuando me encontré su obra en los Museos Nacional de Arte, en Antigua, y el Ixchel, en Ciudad de Guatemala.
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II. Y no lloré
Una de las cosas más impresionantes y de las que todavía no me repongo es Tikal, el antiguo complejo maya enclavado en kilómetros de selva, es indescriptible. Lo recorrí dos veces, la primera con un guía, al que, por cierto, le encantan las aves y los bichitos. La segunda vez me aventuré yo sola. Emulando a Indiana Jones en el Templo de la Perdición, tomé mi mapa y me lancé a la aventura en medio de la vegetación. Total, qué podía pasar: ¿¡que me perdiera!? Pues sí, me perdí.
Tikal está diseñado para que vivas la experiencia de dos maneras: una por un camino perfectamente trazado, y otra para que convivas con la selva. El problema de la segunda opción es que, si como yo no eres muy orientado, te distraes y no pones atención en los señalamientos por tomar fotos, puedes descubrir que no es tan fácil salir como entrar, que los sonidos cambian y la vegetación se mueve según avanza el día, y que estar incomunicado y solo puede ser el perfecto escenario de una secuela de Depredador, sin que tú seas o tengas las habilidades de Arnold Schwarzenegger. Estuve perdida alrededor de 40 minutos, pero no lloré. Casi, pero no lloré.
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III. Sugar mommy
Llegué a la respetable edad en la que, sino fuera por las limitaciones de mi cartera, podría engrosar las filas de las sugar mommy. Lo descubrí cuando me ofrecieron sexo a cambio de dinero, y no precisamente porque a mí me fueran a pagar. Un chico de unos veintitantos años se sentó junto a mí, en una banca pública, tras pedirme permiso. Yo comía un helado y él comenzó a platicar conmigo. De pronto, me contó que una señora le había ofrecido 200 quetzales por pasar la noche con él y me preguntó que yo qué pensaba, qué si yo pagaría por sexo y si creía que era una tarifa justa. Solo me reí, me despedí del chico y le dije que se cuidara. Luego, entendí.
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IV. Sublime
Un mes antes de llegar a Guatemala hice mi reserva en Sublime, uno de los 50 mejores restaurantes de América Latina, para hacer un recorrido gastronómico por las siete regiones del país. Fue toda una experiencia, en la que el maître Alberto Puello terminó regalándome una deliciosa charla de vinitos y maridaje. Lo que comenzó como un acompañamiento más, en el que te presentan el plato y lo degustas con vino, de pronto se convirtió en un intercambio de gustos, ideas y posibilidades.
Después de varios platos, tenía un delicioso guiso de camarones con esencia de coco y arroz frente a mí. El vino, un australiano particularmente dulce que no me encantó. Cuando el maître me preguntó sobre la experiencia, le dije que yo hubiera escogido otro vino: la cava que previamente había bebido. Me pidió que esperara y fue por ella. Me gustó más, pero maté el sabor del camarón. Lo platicamos y sugirió un blanco californiano. Ahí amarró el asunto. Me contó cómo se escogen los caldos y empezamos a hablar de sabores y de por qué, aunque son una nación que gusta del vino y con una moneda más fuerte que la nuestra, no tienen mexicanos: los precios altos. La comida duró tres horas. Antes de irme, me presentó al chef y dueño, Sergio Díaz. Fui muy feliz. Guatemala fue muy generosa conmigo.
Por Angélica Ponce