
“Mi padre me mantuvo casi en una cárcel;
me guardaba sólo para él en mi propio
mundo y no dejaba que nadie se me
acercara, esto me hizo permanecer en él”
-Andrew Wyeth
“Siempre la misma rutina,
nos vemos por las esquinas
evitando el qué dirán.
Mi cuerpo no se acostumbra
a este amor que entre penumbras
es más fuerte que un volcán…”
– Willy Chirino
Decía mi abuela, igual que muchas otras abuelas, que “un pueblo chico es un infierno grande”. Ahí, las tórridas historias pululan a discreción hasta que un día se manifiestan sin recato, como la de Andrew Wyeth, artista plástico costumbrista estadunidense, cuya vida resultó ser tan intrigante como algunas de sus obras que, en apariencia, presenta personajes y escenarios provincianos donde no sucede nada más que el transcurrir del tiempo.
Poco antes de cumplir 80 años de edad, su vida era tan apacible que lo más escandaloso en él era la observación curiosa, casi rayada en vigilancia, que hacía de algunos de sus vecinos para plasmarla en sus obras. Había sido un niño enfermizo y tuvo que pasar largos periodos encerrado en casa y sin mayor contacto que su familia, lo que provocó que al hacerse mayor cerrara su universo a contadas personas de Chadds Ford, Pennsylvania.
Bajo la instrucción de su padre, el famoso ilustrador Newell Convers Wyeth, Andrew comenzó a trazar dibujos y su carrera como artista plástico, pero también un temor por salir más allá de lo que conocía. Alguna vez dijo: «No voy a ningún lado porque tengo miedo de perder algo importante, tal vez por ingenuidad».
Nacido en 1917, Wyeth solo llegó hasta las costas de Maine, donde tenía una pequeña casa para refugiarse y pintar. Para 1986 ya era un artista consagrado. Sus obras yacían en museos y colecciones privadas. Tenía una buena y discreta vida que vino a romper el editor Leonard EB Andrews. Sin más, un día, salió a presumir que acababa de comprar una serie de trabajos inéditos del artista, por seis millones de dólares. Obras, de cuya existencia, ni siquiera tenía idea la esposa de Wyeth.
Lo interesante de la historia no es el monto de la compra, tampoco que se trataran de más de 200 obras, entre pinturas y dibujos, ni que fueran desconocidas, sino que todos tenían el mismo rostro y el mismo cuerpo, el de Helga Testorf. Si bien el trabajo de Wyeth se caracterizaba por el intimismo y las relaciones entrañables con sus modelos, esta serie las rebasaba por mucho, tanto en cantidad como en situaciones: había cotidianidad, desnudos y mucho tiempo detrás.
Helga estaba casada y tenía cuatro hijos. Era alemana y había llegado a Estados Unidos como refugiada de guerra. Aunque un tiempo trabajó en casa de Carolyn, hermana del artista, a él lo conocería más tarde sirviendo en casa Karl Koerner, vecino de los Wyeth. Nadie sospechó que, por más de diez años, la pareja se las ingenió para verse a escondidas y así Andrew pudiera retratarla.
Sin proponérselo, Helga acaparó los reflectores y fue perseguida por los medios. Su marido, ajeno a la historia, enfureció ante las insinuaciones de romance, contrariamente, Betsy, esposa del artista, afirmaría que las pinturas trataban de amor.
Hubo quien afirmó que se trató de una estrategia publicitaria, ya que Andrew, siempre negó haber tenido una relación amorosa y mucho menos sexual con Helga, si bien se dijo enamorado de ella, este sentimiento lo igualó con el que volcaba hacia todos sus modelos. Él mismo, luego de salir de una cirugía y antes de que estallará el escándalo, le confesó a su mujer la venta de su obra y lo que encontraría el comprador al acceder al molino que estaba cerca de su estudio y que sirvió para que tiempo y la obra transcurriera en calma.
Wyeth murió en 2009.
Por Angélica Ponce