
Parte 1 de 3
¡Está vivo!, grita el policía.
El paramédico apura el paso. Dos camilleros lo siguen. Medio cuerpo está fuera de la casa. Demasiados cortes; unos más profundos y certeros que otros. Es increíble que tenga pulso, piensa el rescatista que tiene listo el cuerpo para su traslado. Llueve.
El charco de sangre crece con el agua. Las evidencias se diluyen. Los camilleros luchan contra los atascos de lodo. Los pies les pesan. Tienen prisa. Uno trastabilla, el otro resbala, pero no caen ni sueltan la camilla. Se recomponen. Urgen las sirenas y se abren paso entre mirones y patrullas. Por el retrovisor, el conductor observa cómo empiezan a tenderse cintas amarillas alrededor de la casa. Se oficializa la escena del crimen.
El herido convulsiona y entra en paro. El paramédico comienza la reanimación y consigue algunas pulsaciones. Gana tiempo, aunque no sabe si será suficiente para que el hombre recupere su vida. Están a unas cuadras del hospital. Quizás no lo logren, quizás sí, piensa.
El tren
Maka se ha enamorado como en las películas románticas, en las que chico conoce chica en un viaje y ya nunca se separan. “Fueron las mejores vacaciones de mi vida”, les cuenta a sus amigas. “Stephen es el hombre perfecto: es guapo, atento, cariñoso; tiene un buen trabajo y vive solo. Estoy loca por él desde que lo vi a los ojos y me sonrió”.
Después de tres meses de salir y uno de vivir juntos, están planeando la boda. A María le parece precipitado. Nadie lo conoce, ni siquiera su familia, argumenta. Aunque Maka no está de acuerdo con ella, se lo perdona porque María es inestable y como acaba de divorciarse, odia al amor. Solo tiene en sus planes el dinero y acostarse con tantos hombres como pueda. No es como ella, que piensa a futuro, en formar una familia y en envejecer con el amor de su vida.
Ana está entusiasmada por su amiga. Le gusta la historia del tren. Se imagina la escena del cruce de miradas, en la que Maka se ruboriza y, por accidente, deja caer las revistas que hojea. Stephen, atento a sus movimientos, se para a auxiliarla. Se rozan las manos y estallan chispas. Antes de que él regrese a su asiento, ella lo detiene con suavidad. Él vuelve a sonreír y ella, tímida, le invita un café. Stephen acepta y bajan en la siguiente estación. Ese primer encuentro se convierte en una segunda, tercera y cuarta cita, luego en una mudanza y un vivir juntos.
Karen es más escéptica que Ana, pero también más receptiva que María. Tampoco entiende por qué los papás de Maka no saben nada de Stephen, si la relación es tan sólida y él es el sueño de cualquiera. ¿Él le habrá pedido mantenerlo en secreto? Quizá, no sea tan perfecto, como dice su amiga, y si oculta un pasado oscuro o ¿una esposa? Se guarda sus cavilaciones. En algún momento lo conocerán. Faltan seis meses para la boda. Ella y sus amigas tendrán el tiempo suficiente para investigar a Stephen. Benditas redes sociales, piensa.
La caída
Faltando un mes para la boda. Maka sufre un accidente en las escaleras de su casa. Tiene varios cardenales en el rostro, una muñeca fracturada y un tobillo hinchado. Más que una caída pareciera que alguien la ha molido a golpes. Ese día, sus padres y sus amigas conocen a Stephen. Saben que es él cuando llega a preguntar por su prometida, en la recepción.
Todos lo observan. Están sentados en la sala, escuchando atentos. Lo miran agitado. María y Karen reparan en los nudillos de Stephen, tiene cortaduras y raspones, y en su otra mano y cuello, arañazos. Hablan por lo bajo. La madre de Maka y Ana las miran inquisitivamente. Guardan silencio. Alfonso, su suegro, frunce el ceño cuando Stephen voltea hacia ellos, luego de que la enfermera le indique su presencia.
Stephen intenta sonreír. Titubea. Se siente incómodo ante las miradas. Parece que lo juzgan. Siente que lo acusaran de algún delito. No entiende hasta que cae en la cuenta de sus heridas. Mierda, se dice. Respira hondo. Se presenta.
Maka insiste en regresar a su casa con Stephen. Minimiza los golpes y la fractura. Hace bromas con los araños de su prometido. Jura que Nube, su pequeña persa, odia que él la bañé. Además, no quiere molestar a su mamá o a alguna de sus amigas. Les promete llamarlas todas las noches antes de dormir y no volver a juguetear en las escaleras. Les recuerda que debe cuidarse para lucir perfecta para el día de su boda. Falta tan poco tiempo y hay tanto por hacer. A regañadientes, todos ceden, incluso Alfonso, pero le hace saber a Stephen, con un apretón de manos, que debe tener cuidado de que su hija no vuelva a caer por las escaleras. Ella jamás ha sido torpe y él no tiene intenciones de cancelar una boda, de no ser necesario. También le recomienda cuidarse de la gata. “Se ve que es fiera y sabe defenderse”, remata.
La boda
Maka está furiosa. Su vestido, que era perfecto, está arruinado. Tiene salpicaduras de sangre, su sangre. Se ha cortado picando una manzana. Le reprocha a su madre por no detenerla cuando tomó el cuchillo. No puede casarse así. Chilla y se encierra en el baño. Ni las suplicas de su mamá ni de sus amigas surten efecto. Llaman a Stephen.
Alfonso cancela la ceremonia en la iglesia, pero no el banquete. No descarta que su hija entre en razón y pueda llevarse acabo la ceremonia cívica. Los invitados, confusos, tampoco claudican y cambian de sede. Las amigas de Maka hacen un gran trabajo para calmar los ánimos. La quieren a ella y a su familia. Aunque siguen sin aceptar a Stephen, porque ejerce demasiado control sobre ella, también confían en Maka.
Tras media hora de estar encerrada en el baño y con Stephen recargado en la puerta, sentado en el suelo, hablándole. Maka sale en camisón, sollozando. Tiene el rímel corrido. El vestido está hecho jirones y cuelga, escurriendo, entre la tina y el retrete. Stephen atrae a Maka hacia él, le acomoda el cabello y le besa la frente. Tiene sobre la cama el vestido que llevaba cuando la conoció y la anima a ponérselo. La acerca al espejo y le recuerda lo linda que es. Él se arrodilla y vuelve a pedirle matrimonio. Ella asiente. Se dan un beso largo.
Stephen va por Ana para que ayude a Maka a maquillarse. María y Karen, le acomodan el tocado y el velo. Las tres se quitan sus vestidos de noche y se enfundan en jeans y tenis. Su amiga brillará como nunca y tendrá la boda de sus sueños.
La madre de Maka le agradece el gesto a Stephen, empieza a gustarle. No solo logró que su hija se calmara y se disculpara con ella, sino también que luciera hermosa. Aunque casi no lo conoce y no hay nadie de su familia en la boda, piensa que es buena persona, ya tendrá tiempo de sentarse y conversar con el par de amigos que lo acompañan. Alfonso aún desconfía, pero se convence de que es el amor de padre. Todos miran y admiran a la pareja feliz y enamorada. Son perfectos.
Angélica Ponce