Stephen y Maka

Parte 2

Maka yace sin vida en el interior de la casa. La torción de su cuerpo hace dudar que alguna vez existieran huesos y articulaciones sosteniendo la piel, parece una representación cubista al pie de la escalera. Tiene los ojos fijos en ninguna parte y un hilillo de sangre y baba saliendo de su boca. En la parte alta, Stephen gime de dolor. Está sentado en el piso, con la corva derecha invertida y la mano izquierda hecha un guiñapo. Por el paramédico, sabe que Ian va rumbo al hospital y que, apenas llegue la segunda camilla y lo bajen para su traslado, él deberá apretar los ojos para no mirar a su exmujer, ni el estado de la casa, ni a la gente que entra y sale de ella.

Sigue lloviendo, pero el volumen de curiosos va en aumento. La policía los contiene. ¿Sabrán que, entre ellos, el padre de Maka intentará volarse los sesos?

Luna de miel

A Maka siempre le gustaron los amores trágicos. Decía que las separaciones por muerte, garantizaban la eternidad de la relación. Su pareja favorita eran los Kennedy: John Fitzgerald y Jackie.

-¿Sabías qué fueron de luna de miel a Acapulco?, le preguntó Maka a Stephen.
-No, contestó él.
-Yo también quiero ir a la bahía. Tengo ganas de sentir la magia que sedujo a Jackie. ¿A poco no te apetece sentirte un poquito como JFK?
-No. Y mucho menos si un día alguien decide hacerte viuda y terminas tus días con un ricachón como Onassis, mientras yo me pudro bajo tierra.
-Eres un bobo. Eso nunca va a pasar. ¿Quién querría matarte?
-Tú, por ejemplo.
-Cállate, no digas tonterías y llévame a Acapulco de luna de miel o…
-¿O?
-No nos casamos.
-Bueno, ahora le llamo a tus papás para avisarles que la boda se cancela.
-Tonto. Anda, llévame a Acapulco.
-Acapulco será. Qué remedio.

Fue un viaje accidentado. Un océano Pacífico iracundo, hizo inaccesibles las playas y las calles centrales de la bahía, entre ráfagas de viento, lluvia e inundaciones. Maka y Stephen apenas salieron del hotel. Aunque eso podría haber sido una bendición para una pareja de recién casados, ella lo vio como un desastre, un desafío a su felicidad. El viaje, planeado para diez días, concluyó al tercero. No hubo sexo y sí mucha tensión, situación que se prolongó por dos semanas más.

Casi el paraíso

El primer año de matrimonio fue de altibajos. Los viajes de trabajo de Stephen se hicieron frecuentes y largos, pero a cambio la pareja tuvo una boyante economía que le permitió a Maka dejar de trabajar y buscar un embarazo. Se veía como la mamá perfecta, con el marido perfecto y la vida perfecta. Sin embargo, su cuerpo se negaba a la reproducción. Primero se culpó ella, luego comenzó a hostigar a Stephen y a reprocharle sus ausencias en sus periodos fértiles. Los tratamientos de fertilidad tampoco dieron resultados. Maka se sentía herida y sola.

Stephen le propuso adoptar. Ella no quiso. Dijo que un hijo nace de las entrañas, de lo contrario solo es un extraño gestado en quién sabe qué circunstancias. Si Dios no quería que ella fuera madre, más valdría adoptar y cuidar un perro, que hacerse cargo del hijo de alguien más. Stephen no estaba de acuerdo con ella, pero no podía obligarla a aceptar a un niño que ella no pariera. No volvió a tocar el tema. La amaba con todo y las ideas que no compartía con ella.

En el cumpleaños de Maka, Stephen le regaló un cachorro de labrador. Parecía feliz. Inundó sus redes sociales con fotos del perro, mientras lo llenaba de regalos y juguetes. Fue entonces que se embarazó. Su sueño de ser mamá se materializaba. La pareja volvió a ser tan feliz como en sus primeros años de noviazgo. Solo había algo que sobraba, el cachorro. Por más ruegos de Stephen, Maka se deshizo del labrador, argumentando la falta de tiempo para cuidarlo y las ausencias de su marido.

Cuando Agnes nació, Maka apenas podía verla sin desesperarse y llorar, decía que la había roto. “Esa niña me odió desde el vientre. Primero me drenó nueve meses y ahora no se cansa de llorar. Me odia, madre, o por qué contigo, con Stephen o las chicas no se porta igual que conmigo”.

Los abuelos de Agnes y Stephen coincidieron en ayudar a Maka con una niñera. Con su llegada, la familia recobró el equilibrio y la felicidad.

Tras bambalinas

A Stephen le gustaba su papel como papá. Disminuyó sus viajes mientras Maka aumentaba su vida social. A él no le importaba. Trasladó su oficina a casa y dedicaba la mayor parte de su tiempo a Agnes. Al principio, su esposa lo tomó bien, luego comenzó a sospechar que a su marido le gustaba quedarse en casa para flirtear con la niñera. Cosa que parecía absurda según Ana, porque era una mujer mayor y poco atractiva; pero que no descartaba María, porque al fin y al cabo él era hombre y todos, según su experiencia, eran infieles. Karen no opinaba, aunque le sugirió pasar más tiempo con la niña y su marido.

Maka intentó involucrarse en la dinámica de Stephen y Agnes, pero se aburría e irritaba, dejando a su marido y a la niña abrumados. Al principio, solo descargaba su ira contra su esposo y a solas; luego empezó a hostigar a su hija. Los abuelos de Agnes intervinieron, primero llevándose a la niña por periodos largos, mientras Stephen volvía a viajar; después hablando con Maka y obligándola a tomar terapia. No funcionó. Las peleas se volvieron más agresivas hasta que Stephen solicitó el divorcio y la custodia de la niña. Muy a su pesar, los padres de Maka apoyaron a su yerno.

La separación

Stephen y Agnes se mudaron, dejándole la casa a Maka. Cada tanto la niña visitaba a sus abuelos. Le gustaba estar con ellos, no así con su madre. Ella, decía, buscaba cualquier pretexto para reprenderla con gritos y jaloneos. Intentaba no coincidir con ella a solas. Al menos, si estaba acompañada, solo le hablaba mal de su padre, pero no le pegaba.

Un día, que Maka y sus padres llevaban a Agnes a la casa de Stephen, lo vieron hablando con su vecina. Era joven y guapa. La niña les contó que tenía un hijo más pequeño que ella y a veces coincidían en el parque. Maka enfureció y se bajó del auto dando gritos, atacando a su exmarido y a la mujer que lo miraba desconcertada. Agnes corrió a esconderse en su casa, mientras su abuelo buscaba detener a su hija y a subirla a trompicones al vehículo. Más tarde, la exsuegra de Stephen lo llamaría para disculparse con él y su nieta, además de decirle que lo mejor sería que no vieran a la niña por un tiempo, pero sí la llamarían.

Transcurrieron dos semanas sin que Stephen supiera nada de Maka, sin embargo, pronto comenzó a saturarlo con llamadas y correos electrónicos. Al principio, él intentó hablar con ella, sin embargo, al no tener éxito comenzó a bloquearla, eso solo provocó que ella lo buscara en el trabajo y en casa. Lo último que hizo fue interceptarlo en la escuela de Agnes, donde irrumpió en una junta de padres.

La escalada de agresiones llevó a los padres de Maka a buscarle ayuda médica. Con intervención de sus amigas lograron que se sometiera a un tratamiento psiquiátrico, pero las recaídas se volvieron cada vez más violentas, hasta que un día atentó con un arma blanca contra una de las compañeras de trabajo de Stephen y él tuvo que interponer una orden de restricción en su contra.

Cuando la desacató, los padres de Maka la internaron en una clínica para evitar su arresto. El tratamiento fue más agresivo y efectivo.

Stephen y Agnes se mudaron. Los abuelos de la niña decidieron cortar comunicación con ellos y dedicarse a su hija. Estaban convencidos que las cosas mejorarían pronto.

Por Angélica Ponce

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