
Mi relación con los peces nunca ha sido buena. Son los seres más aburridos del planeta. Comerlos tampoco me gusta, su sabor es tan fuerte como su aroma: apestan. Mi padre intentó enseñarme a pescar. Dijo que un buen explorador debe aprender a sobrevivir y a conseguir su alimento de la naturaleza. Solo porque soy scout no creo que deba internarme en un bosque y verme consumiendo algo que no esté empaquetado o provenga de algún supermercado. Ni que fuéramos nómadas o vayamos a sufrir un apocalipsis zombi o una invasión extraterrestre que nos obligue a vivir escondidos o huyendo.
Yo soy más como mi madre: un sibarita, por eso prefiero vivir con ella. Mi padre se burla de que use esa palabra para autodefinirme. Dice que ni siquiera sé qué significa, que solo soy un chamaco mimado. Se equivoca. Hace mucho que dejé de ser un escuincle. Tengo 12. Tampoco soy mimado, solo prefiero el agua caliente, los snacks y una conexión a internet, antes que vivir como un salvaje.
Eso no significa que no quiera a mi padre o que no me guste estar con él. Pese a lo anticuado de sus ideas, lo paso bastante bien cuando me quedo en su casa algunos fines de semana. También disfruto las vacaciones a su lado, siempre y cuando no vayamos a un lugar rústico con alguna de sus novias veganas o hippies. A él ni siquiera le gustan los vegetales y se duerme en las meditaciones. No entiendo por qué sigue fingiendo que es como ellas.
Este año, dice mi padre, será especial. Iremos, otra vez, a convivir con la naturaleza. Será divertido porque estaremos él y yo solos en medio del bosque, afirma. Ha rentado una cabaña que queda a unos 20 minutos del pueblo de Chignahuapan. Le emociona que vivamos la Navidad de cerca. No veo cómo suceda eso. No hay nieve, ni renos, ni tiendas de regalos, quizás ni internet. Más que emocionarme, me resigno.
No estaba equivocado, en este pueblo no hay nada qué hacer. Aunque prefiero estar aquí que en la cabaña. El espacio que rentó mi padre es frío, no hay gas ni electricidad. Además, me he terminado las frituras y bombones que traje conmigo y me he cansado de explorar las inmediaciones, de seguirle el juego a mi padre tratando de hacer las cosas que él disfrutaba de niño. Creo que está un poco frustrado de que no nos guste lo mismo.
Hace una hora hablé con mi madre. Ella está feliz. La envidio. Me pidió que hiciera un esfuerzo por pasarla bien con mi padre. No sabe lo que dice: duerme en un lugar bonito, no tiene que pescar su comida ni lavar platos, tiene internet e irá al teatro. Yo ni siquiera tengo cerca a mis amigos, ni a ella. No sabe que para comunicarnos, tuvimos que dejar la cabaña y venir al pueblo. Antes de colgar, me repite varias veces que me ama y que me extraña. Sé que me ama, pero dudo que me extrañe. Y, quizás, solo quizás, tampoco me ame tanto o habría convencido a mi padre de llevarme a alguno otro lado, o dejarme ir con ella.
Es la víspera de Nochebuena. A mi padre se le ha metido en la cabeza que necesitamos tener un árbol de Navidad. Salimos muy temprano al pueblo y escogemos un pequeño pino. Compramos luces y algunos adornos de cristal. Confieso que estoy emocionado, son muy bonitos. Hay cientos de figuras y colores.
En uno de los talleres a los que entramos, veo a un niño soplando el cristal. Debe tener como seis años. Junto a él, una chica muy bonita me mira. Ella está pintando esferas. Me sonríe y me ruborizo. Intento escapar de la tienda cuando se levanta y se dirige hacia mí, o eso creo. No veo a mi padre y cuando giro hacia la puerta me doy de bruces contra él. Hacemos un desastre, llevaba consigo una caja de esferas y apenas unas cuantas se salvan. Quiero que me trague la tierra. Estoy paralizado. La chica ayuda a mi padre con los cristales. Agachados, ambos voltean a mirarme. No quiero llorar, pero se me escapan las lágrimas. Siento vergüenza. Mi padre no atina a hacer nada, es la chica quien se levanta y con el borde de su mandil seca mi cara. Me abraza. Es más alta que yo. Me besa la cabeza y susurra cosas que no entiendo. Cuando me he calmado, se inclina hacia mí para mirarme a los ojos. Sin decir nada, ve a mi padre, quien sonríe y asiente. Ella me toma de la mano y me lleva al taller, donde el niño que sopla el cristal parece no haberse enterado del desastre.
Por unos segundos me invade el pánico, quizás me esté llevando para sustituir al niño en su trabajo hasta que cubra el costo de lo que he roto y mi padre ha estado de acuerdo. Volteo a mirarlo para que me rescate, pero él ya está en lo suyo conversando con un hombre. Quizás, negociando mi esclavitud. Le sería muy fácil dejarme. Él volvería a su vida, en su cabaña, a hacer las cosas que ama sin estorbo. Me dejo caer en un banco y vuelvo a llorar. La chica, en cuclillas, frente a mí, intenta sobornarme con una paleta. Me resisto, no soy un crío. Me pregunta si quiero saber cómo trabajan. Niego con la cabeza, no quiero aprender, no quiero ser explotado. Si no puedo hacer el trabajo, quizás me dejen ir.
Mi padre se acerca. Él dice que él sí quiere saber qué hacen y cómo. Estoy aterrado. Creo que él no forma parte del plan. ¿Y si lo secuestran también? Doy un brinco y me paro junto a él, lo tomo de la mano. Sorprendido, me abraza y me asegura que todo está bien. No voy a soltarlo.
Cruzamos a la parte trasera del taller. Hay muchas personas trabajando, en la primera parte soplan el cristal y le dan infinidad de formas, como el niño que vi antes. Todos son adultos. En la segunda sección, varios adolescentes pintan las figuras. Y en la última, las preparan para su venta y exhibición.
La chica bonita vuelve a preguntarme si quiero intentar alguna actividad. Digo que no con la cabeza. Aún no confío en ella y me aferro a mi padre. Él dice que él sí quiere intentarlo. Me siento junto a él y lo veo soplar con fuerza, sale una tripa de cristal. Podría ser una anaconda, le digo y reímos. Me reta a que yo pruebe y le demuestre que puedo hacerlo mejor. Lo intento, me sale un pescado. Vamos a decorarlos. Pinto ambas piezas, la serpiente y el pez. Luego, sigo probando con más figuras. Mi padre está conmigo. Pasamos horas en el taller hasta que nos anuncian el cierre.
Le pregunto a mi papá si podemos marcharnos. Él, extrañado, pregunta: ¿por qué crees que no podemos irnos? Le cuento lo que he pensado desde que rompí las esferas. Intenta no reírse. Me explica que pagó el desastre, el recorrido por el taller y las esferas que hicimos. Además, dijo, jamás me dejaría o permitiría que alguien me explotara o me secuestrara. Lo abrazo.
-¿Te divertiste?-, pregunta.
-Sí, mucho. Podría volver a hacerlo-, respondo.
Llegamos a la cabaña con el árbol, las luces y las esferas. También llevamos hamburguesas, refrescos y más bombones. Pruebo la cerveza. Es un asco, sabe tan mal como los pescados, no sé cómo puede gustarle a los adultos. Dormimos hasta tarde. Hablamos de todo, hasta de conspiraciones y de qué habríamos hecho si nos hubieran obligado a hacer esferas sin pagarnos.
Es Navidad. Despierto y estoy en el regazo de mi padre. Creo tiene mi baba en su camiseta. Miro el árbol y hay un obsequio para mí. Corro hasta él. Lo abro y vuelvo con mi padre para mostrárselo. Me abraza y me besa en la frente. Soy muy feliz.
Por Angélica Ponce