
Llueve. Hay tanta calma. El leño cruje lanzando pequeñas explosiones de calor. Huele a café recién hecho, a tierra mojada y a canela con piloncillo. Me gusta dibujar corazones sobre el vaho de las ventanas.
Llegué el 16 de julio. Las luciérnagas juegan a ser estrellas. Mantos de fluorescencia, fugaces. Han pasado cinco días y no quiero irme. Volver a la agonía de la rutina me inquieta. Sin embargo, no sé si podría acostumbrarme a vivir aquí, permanentemente quieta, mirándolos impasibles y bellos. No tengo un espíritu dócil. Ellos sí, ahora sí.
El pueblo más cercano está a 45 minutos sobre un camino maltrecho de terracería. Siempre he pensado que los vecinos debiéramos unirnos y exigir a la municipalidad el trazo y la inversión de un asfaltado para acortar el tiempo de traslado, pero somos tan ajenos y sin ánimos de socializar que hemos sobrevivido sin tecnología y con los propios recursos del bosque. Apenas recuerdo la última vez que escuché a alguien usar uno de los walkie talkies que tenemos para emergencias. Fue una falsa alarma: una pésima broma de adolescentes aburridos.
Los radios permiten la comunicación entre los ejidatarios y la policía municipal. No hay celulares, ni teléfonos fijos. Algunas cabañas, muy pocas, tienen celdas solares. La mayoría usa generadores portátiles. Nadie permanece mucho tiempo. Venimos para fugarnos del mundo, para reencontrarnos con nosotros mismos, para recuperarnos, para ser felices. Apenas uso el coche. Apeo lejos. Me obligo a caminar y a llenar mis pulmones de aire limpio. Sé que suena a lugar común, pero se respira diferente.
17 de julio. Emilia y Miguel llegaron temprano. Los recibo con bollos de chocolate y café. Son una pareja linda. Él es apenas menor que yo. Ella es mucho más joven. Están enamorados. Sonríen mucho. Les entrego las llaves, un par de radios, pilas y les explico el funcionamiento de la cabaña: las luces se encienden de 6 de la tarde hasta las 9 de la noche, cuando hay electricidad; junto a la chimenea encontrarán dos rimeros de leños para calentarse e iluminarse hasta por tres horas y siempre pueden pedir más al día siguiente; también pueden hacer uso de las velas y quinqués que hay en la cocina, así como de la serie de foquitos de la recámara, es recargable y funciona sin conexión. Aunque siempre hay agua, solo permanece caliente de 7 a 9 de la mañana y de 6 a 8 de la noche.
Antes de despedirme, les recuerdo que los veré al día siguiente para servirles el desayuno. Insisten en poder arreglárselas solos, pero les recuerdo que por contrato estoy obligada. Además, reitero, que así puedo sentirme menos sola entre tanto bosque. Aceptan. Me vuelvo a mi refugio.
18 de julio. Emilia está durmiendo. Miguel me cuenta que tuvieron un día agotador después de que me fui. Se internaron en el bosque y fueron en busca de luciérnagas. La luna fue noble con ellos, los iluminó para no perderse entre senderos. A Miguel le sorprendió descubrir que estuvieran mejor trazados que el camino de terracería para llegar a la cabaña. Me contó que Emilia estaba feliz y se sentó por más de una hora en el suelo a observar a los insectos, también se disculpó por haber bebido del vino y la cerveza que encontró en la alacena. No había por qué, le dije, como en los hoteles el servicio de bar lo cargaré a su cuenta. Sonrío encantado. Amo su risa. Le doy su desayuno y dejo el de Emilia sobre la mesa de la cocina. Dice que regresará nuevamente a la cama, para seguir explorando más tarde. Quieren llegar hasta el río. Le aconsejo que se marchen antes de las 2 de la tarde y que se lleven los radios. Es un camino largo y preferiría saber que regresan antes de que oscurezca. Además, es temporada de lluvias y de luciérnagas. Él asiente y dice: “así será, hermana mayor”. Río de la ocurrencia. Me despido.
19 de julio. Llovió toda la noche. Es una mañana nublada y fresca. Vuelvo a encontrar a Emilia durmiendo. A Miguel se le pegan los ojos, aún así me recibe con el desayuno. Me cuenta que no pensó agotarse tanto con la ida al arroyo. Quizás fue el vino que se llevaron y les cayó pesado, se justifica. “Uno no debería beber y ejercitarse al mismo tiempo”, señala. Apenas comieron cuando regresaron y se fueron a dormir. Dice que quizás hoy no salgan. Mañana deberán regresar a su casa y no está seguro de tener ánimos de manejar varias horas si no se recupera; además, Emilia quiere volver a sentarse entre las luciérnagas. Le digo que pueden quedarse un día extra sin cargo, sí así lo desean. No tengo otra reserva hasta la próxima temporada vacacional. Ellos son mis últimos visitantes. Me agradece y dice que lo platicará con Emilia y decidirán. Ahora quiere volver a la cama. El desayuno les servirá de comida, “además todavía tenemos un poco de vino”, afirma intentando sonreír y no caerse de dormido. Lo envío a la recámara y prometo cerrar la puerta al irme. Miguel asiente y se marcha. Arreglo un poco el desorden y les preparo la mesa para cuando despierten. Aún quedan dos botellas de vino. Salgo y me siento en el porche. Reviso mi cámara. Definitivamente son mi pareja favorita. Tengo imágenes bellísimas de ellos, juntos y separados. Las luciérnagas le sientan bien a Emilia. Me gustan más cuando duermen, son como ángeles. Solo lamento que ella no sea tan resistente como imaginé, se ha marchitado muy rápido. Ambos han consumido la misma cantidad de veneno. Debería verlos languidecer al mismo ritmo. Casi siempre son ellas las que sobreviven más tiempo. No ha sido el caso, es una pena.
20 de julio. Ni Miguel ni Emilia me reciben. Entro con mi llave. No probaron bocado. La mesa está intacta. Voy a la recámara. Parecen dormidos. Me acerco a ella, no tiene pulso. Está fría y sigue tan bella. Miguel apenas respira, aún así también es perfecto. No se ha dado cuenta de que estoy aquí, observándolos, esperando a que él también exhale su último aliento y yo pueda perpetuar su imagen. Disfrutar con ellos de su amor hasta el próximo periodo vacacional.
Por Angélica Ponce