Una mañana de hospital: Ulises

Ulises tiene nueve años. Está aburrido. Es su segunda semana en el hospital. Acompaña a su mamá de lunes a viernes de 10 de la mañana a ocho de la noche, porque ella cuida a su abuelo. Él no lo ve, no puede verlo. Los niños no tienen acceso a los pisos de internamiento. La hora favorita de Ulises, dice, son las dos de la tarde. Su mamá lo lleva a comer al lugar que él escoge, luego van al parque. Si tiene suerte, le comprará un algodón de azúcar o un helado y algún juguete. Extraña sus clases de karate. Es cinta negra y compite en torneos. Su mejor amigo y él encabezan la lista de triunfos, aunque la última vez que se disputaron el oro, ambos terminaron con un ojo morado y Ulises con la medalla de plata. También echa de menos a sus amigos de la escuela. Hasta hace no mucho tenía novia, pero ella lo dejó porque no comentó su último Tik Tok. Él quiso explicarle que estaba en el hospital con su mamá, pero ella decidió ignorarlo. Luego le mando un mensaje diciendo que rompían y lo bloqueó. “Fue lo mejor”, le dijo su hermano mayor. Ulises estuvo triste unos días, pero ya no. Hay otra niña que le gusta y con la que platica mientras juegan en línea. Le pedirá que sea su novia cuando regrese al colegio. Si acepta, será su cuarto noviazgo. Ha tenido novias desde el kínder, se ufana.

Ulises me pregunta si tengo marido e hijos. Le digo que no. “¿Por qué? Eres muy bonita y me gusta mucho el hoyito que se te hace en el cachete cuando sonríes. ¿No te gustan los niños?”. -Sí me gustan los niños, pero me gustan más los gatitos-, contesto. Ulises sigue: “a mí me gustan los perros, pero no puedo tener uno porque vivimos en un departamento. Dice mi papá que quizás pueda tener uno cuando vivamos en una casa con jardín como la de mis hermanos. Ya quiero mudarme y tener un perro”.

Los deberes escolares los hace Ulises, antes de cenar. Pensó que se libraría de las matemáticas y la ortografía si no iba a la escuela, pero su mamá, “quién sabe cómo”, hizo que las misses le enviaran tarea y lo evaluaran. No le va bien con sus notas, a veces no entiende los ejercicios y tiene que lidiar con su frustración y el enojo de su papá. También, a veces llora porque sus papás discuten por su culpa y la condición del abuelo. Cuando eso sucede, se encierra en su habitación y llama a su hermana. Ella lo consuela, lo hace reír, luego le riñe, pelean y vuelve a hacerlo reír, le recuerda que es cosa de adultos y él no es culpable de nada, entonces puede dormirse. Ulises dice que su hermana es la menos favorita de sus hermanos, pero es la única que lo escucha y le dice las cosas que los mayores no le cuentan, además lo calma cuando su papá azota las puertas y su mamá se queda llorando. Un día, su hermana le contó que cuando su papá vivía con ella, con sus hermanos y con su mamá, hacía lo mismo: azotaba las puertas y se iba. Luego sus papás se separaron y nació él de otra mamá, más joven.  

El hermano favorito de Ulises es el mayor, vive con su novia y su bebé en Estados Unidos. Le gusta el beisbol y le va a los Yankees. Lo ve una vez al año, muy cerca de Navidad. Sus otros hermanos estudian: uno está en la prepa y la menos favorita, en la secundaria. Con ellos convive una o dos veces al mes. La mamá de sus hermanos es amable y de la edad de su papá, pero casi nunca la ve.

Ulises no tiene quién lo cuide. Solo están él y su mamá de lunes a viernes. Antes estaba su abuelo, pero enfermó y ahora hay que visitarlo en el hospital. Solo los fines de semana una prima de su mamá le ayuda con el abuelo. Su mamá no tiene amigas y no quiere que lo cuide la mamá de sus hermanos. Se enojó mucho cuando su papá se lo propuso. Aunque Ulises preferiría estar con ellos, aprendió hace mucho tiempo que puede hablar de sus hermanos y verlos, pero jamás mencionar que ellos tienen a su propia mamá. La primera vez que quiso contar algo de ella, su mamá lloró y lloró y lloró, y se encerró en su recámara, luego peleó con su papá. Ahí supo que no se podía hablar de ella en su casa. No quería hacer llorar otra vez, a su mamá.

Como su papá tampoco puede hacerse cargo de él, porque trabaja, cuando su mamá va a cuidar al abuelo, Ulises tiene que ir al hospital y entretenerse como pueda en la sala de espera. A veces juega en su celular, ve Tik Tok o conversa con desconocidos. Así nos conocimos, mientras yo esperaba noticias de la cirugía de mi papá. Su mamá va cada tanto a verlo. En una de sus vueltas, él me presentó con ella, pero es hasta que se van a comer cuando ella y yo hablamos un poco. Es una mujer joven, un poco ansiosa y que se apena con facilidad, quizá se sienta juzgada o culpable por dejar solo a Ulises, o eso pienso porque trata de justificarse conmigo: una perfecta desconocida que no tiene hijos y que apenas puede imaginarse lo que es cuidar a un niño sin una red de seguridad o apoyo que la acompañe. Me incomodo, así que atajo su discurso dirigiéndome a Ulises. Le pido que cuide a su mamá, que se cuide él y que sea obediente, que elija bien lo que va a comer y que se divierta en el parque. Ella sonríe y toma de la mano a Ulises, él también sonríe y se despide de mí agitando la mano que tiene libre. Antes de darme la espalda y marcharse con su mamá, Ulises me lanza un beso.

Por Angélica Ponce