Yo y el síndrome de la impostora

A punto estuve de cancelar mi viaje a Guatemala. La prensa internacional pintaba el escenario político y social al borde de un golpe de Estado: manifestaciones, bloqueos y violencia no eran precisamente lo que quería vivir y ver en vacaciones, entre otras cosas, porque de presentarse un conflicto armado tendría que trabajar.

Me veía como reportera de guerra haciendo enlaces de televisión y escribiendo para el diario en el que trabajo. Corriendo y buscando la nota entre la Ciudad de Guatemala, lagos, volcanes y selva, aprendería a usar un teléfono satelital, a acampar y a comer cuando se pudiera, pero sobre todo el devenir político del país en los últimos ¿tres años? ¡Que estrés!

Incluso me hice de dos filmes de corresponsales de guerra para inspirarme, ponerme en el mood y poder fluir: Salvador, de Oliver Stone, y La corresponsal, de Matthew Heineman. También hice una lista de cosas que debería llevar en la maleta y cómo debería ser ésta: pequeña o extrapequeña, rígida y con ruedas o de lona para campistas. Luego me puse a leer desenfrenadamente algunos periódicos locales por internet. Honestamente quedé más confundida. Lo mejor sería llegar y descubrir qué me deparaba Guatemala y su gente.

En los más de veinte años que tengo en el ejercicio periodístico apenas he cubierto política nacional, si es que así puede llamarse a la serie de entrevistas que hice a políticos y funcionarios mexicanos sobre sus trayectorias y filias partidistas, además de sus actividades o aficiones ajenas al ejercicio público. Ni qué hablar de temas internacionales.

Lo mío ha sido la banalidad, la cultura, las artes y, de manera accidental, los deportes. Me gustan y lo hago bien. Por desgracia son temas que subestimo frente a aquellos de impacto social. Lo relevante fue descubrir que al hacerlo estoy menospreciando mi propio trabajo y mis capacidades, porque si bien es cierto que no sé de política de un país ajeno y de muchos otros temas, sí sé hacer periodismo y puedo encontrar a las personas adecuadas para tratar un asunto. Fue difícil reconocerlo.

Mis puntos de quiebre o sacudidas fueron dos: el libro de Anne de Montarlot y Elisabeth Cadoche, que me situó en el incontable número de mujeres que padece el síndrome de la impostora, y el premio que recibí recientemente como poeta.  

Durante años me negué a llamarme poeta. Nunca me sentí a la altura de quienes han publicado. Incluso cuando Marcela Reyna me invitó a mi primera lectura de poesía con público, le dije que sí, pero aclarándole: “no soy poeta como tú”. Ella solo se rio. Lo demás es historia.

En Guatemala las cosas no están bien, tienen una crisis política que ha llevado a buena parte de su sociedad a movilizarse, pero lejos están de una revuelta armada para conseguir la destitución del actual gobierno, ya que en enero de 2024 su presidente electo tomará protesta y no hay indicios de lo contrario. Sus protestas están encaminadas a la destitución de varios funcionarios, como la fiscal Consuelo Porras ─acusada de violentar la Constitución, entre otras corruptelas─, que amenazan con perpetuarse en sus puestos en la siguiente y la subsiguiente administración*.  

Al final no he tenido que enfundarme en el traje de corresponsal de guerra y aunque, quizás, no pueda llegar a algunos lugares que quiero conocer ─por bloqueos carreteros y porque las vacaciones no son eternas─, Guatemala es segura para el turista, puede y debe visitarse, gran parte de su economía se sostiene del turismo y de remesas. Tiene gente increíble, comida deliciosa, escenarios y vistas espectaculares, y una riqueza cultural y artística inabarcable.

Angélica Ponce

* Si quieren empaparse sobre el conflicto político-social guatemalteco, busquen los escritos de Francisco Goldman.