
«Héctor y yo supimos que habíamos llegado al lugar correcto cuando vimos huir a decenas de personas. Un incendio arrasaba una pequeña comunidad de casas de cartón. Olía a petróleo, a pasto quemado y almizcle. Entre el humo renegrido, cenizas, gritos y empujones, un anciano vociferaba la destrucción del mundo. A sus espaldas el gólem se abría paso derribando vigas.»
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